
Menos colores, más texturas.
Más tela, menos carne.
El tiempo hace transcurrir los días, meses, estaciones, y las hace aproximar al centro de lo que componen cada una de ellas, unidas. Allí entonces es donde entran en juego lugares, climas. Llegan esos meses donde, en nuestra ubicación, todo se cubre por un manto mucho más sensible que el moreno anterior. Hasta las pieles pasan a tomar un color mucho más aburrido, la moda la acompaña. Y así las postales de las calles pierden tantos colores brillantes.
Ahora los desayunos hierven, las cubeteras, vacías y las frazadas dejan de sobrar. La boleta del gas se encuentra en su auge mientras a pesar de ello, algunos siguen muriendo por falta de calor. Otros dicen que es mejor así. El reloj, ya vuelto a la normalidad, su normalidad. Las interminables tardes de verano se cambian por unas pocas horas de sol y una luna que no madruga. Y al comenzar a caer las opacas hojas el contexto trae a hermosos recuerdos en mi cabeza donde los inviernos eran más largos, las primaveras felices, los veranos soleados, y esas hojas valían algo, por lo menos para alguien, y cuan mayor eran las que conseguía, mejor.
Acercarme allí, en donde crezco un poco más, vivo un poco menos y sin querer pasa otro año para mí, le agrego un número, todavía, a la unidad. Y lo único que se me ocurre decir: “¡Cómo pasa el tiempo!”
7 de Julio = 17 años éste invierno.
(Y ya tengo los 17 y el mayor frío del todo el invirno).




